El regreso del bar

Carrer Major, 36
Castellón de la Plana
Tel. 864 871 911
www.barritatasca.com

El regreso del bar

Esa estética de inox. De plancha encendida desde primera hora. De barra gastada a base de codos y conversaciones. De servilleta que mancha más de lo que limpia. Esa estética de bar de toda la vida. De esos bares que hacen falta.

Frente al Mercado Central y en plena Calle Mayor de Castellón, la gente se arremolina alrededor de una parada de bus. Al instante te das cuenta que no esperan medio de transporte alguno, sino un hueco en uno de los mejores bares de la zona. Se llama Barrita, y aunque muchos lo definen como el hermano pequeño de Barriga, poco o nada tienen que envidiarse el uno del otro. Una cortina de tiras PVC azul es la puerta de entrada a un bar de los que todo barrio necesita. Lo primero que llama la atención es la barra corrida. Lo segundo, que su uso, sea simplemente para los camareros. Ese hueco a mitad barra y frente a cocina pide a gritos mostrar la pesca del día, las conchas, esos fuera de carta que se venden por si solos, más aún, teniendo su propio escaparate. Aprovecharlo debería ser obligatorio.

Pese a la ausencia visual del producto, la carta es sumamente sugerente, y lo mejor de todo, es que todo está bueno, siendo los huevos fritos con carabineros/gambas al ajillo (cuidado con hacerlos demasiado) un MUST desde el minuto uno. También las tellinas, imprescindibles para @esdoctorchef, o los canyuts, debilidad de un servidor. Nada nuevo respecto a los de su hermano mayor, aunque me atrevería a decir que aquí incluso están un punto por encima. Hasta los calamares, que pese a lucir el apellido «a la romana» se acercan más a una fritura andaluza, convencen desde el primer bocado. Da igual cómo los llamen: el rebozado es fino, el aceite de la fritura está impecable y el resultado habla por sí solo.

Las croquetas son otro bocado muy a tener en cuenta. Es cierto que pecan de una cremosidad extrema, especialmente la de gamba, y que se echa en falta algún que otro tropezón que refuerce el protagonismo del ingrediente. Aun así, juegan en un notable alto gracias a un sabor muy conseguido y, una vez más, a un rebozado impecable.

Quizá sean los platos más “creativos” los que más se alejan de la esencia de Barrita. Tanto el brioche de gamba como la tostada de steak tartar (otra vez) vuelve a transmitir esa sensación de que el continente quiere imponerse al contenido. Y ojo, porque la materia prima está ahí, pero acaba relegada a un papel demasiado secundario, eclipsada por un conjunto que parece buscar más el impacto que ensalzar el producto.

Pero Barrita no es solo la cocina, ni el equipo (con Alfredo al frente), ni una ubicación privilegiada. También es su estética. Su playlist. Incluso la “compañía” del baño, al más puro estilo Kasta, aunque con un protagonista bien distinto. Barrita es, por encima de todo, un concepto. La reivindicación de un tipo de bar que parecía condenado a desaparecer. Un lugar donde el producto vuelve a ocupar el centro del escenario; donde el vecino importa más que el guiri, el boca a boca pesa más que Instagram y el contenido sigue estando por encima del continente. Una declaración de intenciones en tiempos en los que demasiados locales parecen diseñados para el móvil antes que para la mesa.

Por eso Barrita funciona. Porque detrás no solo hay una buena cocina, sino una idea muy clara de lo que quiere ser. Y, una vez más, Paco Llansola demuestra que, además de saber abrir restaurantes, sabe construir lugares con identidad propia. Mi admiración para este gran tipo.

Desgraciadamente, Barrita también tiene un par de aspectos por pulir. El primero es un detalle menor, pero conviene mencionarlo: el espacio de las mesas altas. Los taburetes vacíos entran con calzador; cuando se sientan cuatro adultos, aquello se convierte en La Odisea de Christopher Nolan. Sin exagerar.

El segundo sí me parece verdaderamente importante y, de paso, vuelve a demostrar por qué nunca conviene juzgar un restaurante tras una sola visita. Con el local medio vacío, Barrita es pura magia. Un bar del que no apetece levantarse. Pero cuando llega la hora punta y el servicio empieza a tensionarse… ¡@policia!

Lo comento con Alfredo y me explica que justo ese día son dos personas menos en el equipo. Lo entiendo. Lo que me cuesta entender es que, aun así, no se cerraran las reservas con el local completamente lleno y, sobre todo, que no exista un mayor control sobre la gestión de quien llega sin reserva. No tiene demasiado sentido que la gente se acomode libremente en la barra exterior, o incluso en la misma calle, entre y salga del local a su antojo, se plante en la barra interior y empiece a pedir tercios, copas de vino “blanquito y fresquito” y unas papas, mientras quienes llevamos allí un buen rato, con reserva y dejándonos unos cuantos euros sobre la mesa, pasemos a un evidente segundo plano.

Treinta y seis minutos de reloj (true story) transcurrieron desde la última vez que alguien se acercó a preguntarnos si necesitábamos algo más. Y sí, necesitábamos cosas. Y por ende, tardaron en llegar. Es una pena, porque Barrita mola. Mucho además. Y precisamente por eso da más rabia. Porque, más allá de este problema de gestión en los momentos de máxima afluencia, cuesta encontrarle defectos. Tiene producto, tiene personalidad y tiene alma. Solo le falta ordenar un poco el caos cuando el éxito aprieta… y quizá sacrificar algún que otro taburete en la barra exterior para que el servicio pueda respirar.

El concepto. La estética. El producto. La playlist
La gestión de la barra exterior es fatality

Evita la hora punta. Tanto de día como de noche

Barrita
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