Miedo, tengo miedo

Plaza de les Drassanes, 4
Denia, Alicante
Tel. 609 151 972
www.casapescadorescabanyal.com

Miedo, tengo miedo

“Miedo, tengo miedo”, le decía Andrés Montes a Antoni Daimiel. Tres simples palabras que anunciaban que el equipo rival entraba en racha, que el partido, dominado hasta entonces, adquiría cierta tensión.

Lo curioso de esta frase, aplicada a este sitio, a este equipo y conociéndolos hasta decir basta, es que aquí el único rival son ellos mismos. Porque este nuevo Casa Pescadores, ahora en Dénia, instalado además en un emplazamiento tan espectacular como difícil de torear, es tan bueno en aquello que ya conocemos de sobra como jodidamente flojo en lo que más debería cuidar. La cocina no es excelsa. Al menos, todavía. Y quizá precisamente por eso sorprende más, sabiendo de lo que son capaces Edu Espejo, Marcos Moreno y compañía. Todo está muy bueno, pero hay platos como el picantón, la sepia o esa naranja que piden algo más. Ese girito de tuerca, de precisión o personalidad que separa lo rico de lo memorable.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue estar en Dénia y comerme una gamba roja de Palamós. Sobra decir que no soy de esos puristas que defienden una por encima de la otra como si les fuera la vida en ello, ni de entrar en gilipolleces territoriales de ese tipo. Si la gamba es buena, es buena, venga de donde venga. Pero también es verdad que estar en Dénia y comerte una gamba de Palamós me resulta casi tan chocante como plantarte en Benicarló y que te sirvan alcachofas de Murcia. Pasar, no pasa absolutamente nada. Y si no hay otra, me como las de Garrucha, las de Palamós o las que haga falta. Pero hay productos tan ligados a un territorio que, según dónde estés, encontrarte el de fuera puede sonar casi a pequeña tomadura de pelo. Sobre todo cuando el de casa forma parte de la identidad gastronómica del lugar. Dicho esto, y dejando claro que todo lo comido es notable, la pregunta es otra: ¿qué pasa con todo lo demás?

“Óscar, no te veo. Y eso no me gusta. Y no lo digo por mí…” Así se lo hice saber al poco de empezar, con el restaurante prácticamente vacío y mientras me llamaba poderosamente la atención ver salir más cubatas y chupitos que pescados o mariscos. Pero es conforme el local empieza a llenarse cuando la cosa deja de ser anecdótica y el jaleo de sala empieza a resultar alarmante. Un trajín constante con el TPV que ni seis manos parecen capaces de resolver, grupos de gente entrando y saliendo como si de un pub se tratara, el sonido de los walkies y, errores tan básicos como traer los nuevos platos y no llevarte ninguno de los vacíos.

Igual es la temporada. Igual es haber abierto más tarde de lo previsto. O quizá sea simplemente la búsqueda de un concepto que, por fechas y ubicación, obliga a aceptar “el todo y todos valen” y yo no he terminado de entender. Quizá sea la mujer de la mesa de al lado, y el por culo con el punto de la carne. O el hombre de enfrente haciendo chocar el cuchillo contra la copa como si aquello fuera una botella de Anís del Mono. No lo sé. Soy perfectamente consciente de lo prematuro del proyecto, y precisamente por eso puedo entender muchos de estos desajustes. Lo que me cuesta bastante más entender es que, estando todavía tantas cosas por entrenar, pulir y ordenar, tenga sentido abrir la puerta a más de cien cubiertos.

Y, sin embargo, no es todo este jaleo lo que más me duele, sino ver al pobre Óscar sin poder hacer el trabajo que debería estar haciendo, obligado a apagar fuegos que, ni siquiera tendrían que ir con él. O quizá sí. Porque entiendo que este nuevo proyecto es para él, para dirigirlo, ordenarlo y, sobre todo, liderarlo. Tras su paso por Flama ha demostrado de sobra no solo ser una pieza clave, sino tener esa (cada vez más) capacidad de hacer que una sala funcione mejor simplemente estando él dentro.

Como apunte final, justo al pedir la cuenta: “¿Quieres un chupito?” Me preguntan.
Ojiplático, miro a mi alrededor para asegurarme de haber escuchado bien. Y sí. Ha dicho chupito. Chu-pi-to. Con todas sus letras. Como ese chupito que te ofrecen en El Bósforo de Serpis después de una cena de grupo. Como ese chupito que cae tras una cena de universidad con menú cerrado de veinte euros y barra libre. Y ojo, que no tengo absolutamente nada contra los chupitos. El problema no es el qué. Es el cómo. Hay mil maneras de ofrecer un digestivo en un sitio como este. No te pido una mistela de Jalón, un herbero de la Sierra de Mariola ni una liturgia de tres minutos alrededor de una copa. Pero sí una pregunta, una forma, un lenguaje que esté a la altura de todo lo que representa el nombre de Casa Pescadores.

La cocina es y será lo mejor de toda la explanada
No poder disfrutar de Oscar como deberíamos

Darle la batuta a Óscar debería ser primordial

Casa Pescadores Restaurante 2026
Casa Pescadores Bar 2026
Casa Pescadores Parrilla 2026

Casa Pescadores
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