Gente Rara (Zaragoza)

Calle de Santiago Lapuente, 10
Zaragoza
Tel. 623 002 084
www.genterara.es

You talkin to me?

Barrio Jesús de Zaragoza. De día, anodino. De noche, casi hostil. Entre talleres y naves, un edificio sin pretensiones, con fachada gris y una puerta que no promete nada, pero lo esconde todo. En el retrovisor del taxi, la ciudad parece dormida, y sin embargo hay algo que arde.

Ese algo está dentro de una nave industrial, un antiguo garaje mecánico, ahora convertido en un refugio de locos, de tipos que en vez de empuñar un arma, juegan a divertirse en una cocina vista. Lo llaman Gente Rara, y allí dentro el neón no es neón, pero se siente. El aire huele a acero, a grasa, pero también a locura. No suena jazz, pero podría. Sin embargo… non, rien de rien, non, je ne regrette rien, ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal

El recibimiento no es el mejor. Nunca lo ha sido, y toca reiterarlo. Una soda de bienvenida y directos al bosque, esta vez sentados en el sofá, rodeados de tonos ocres y matices húmedos que evocan el otoño pirenaico. Todo tiene ese aire de calma tensa, como el preludio antes de que Travis arranque el motor del taxi y empiece a rodar por una ciudad que no duerme. Tras el último sorbo de caldo shiitake, y justo cuando me dispongo a adentrarme en el epicentro de Gente Rara, llega un alto en el camino. Una parada que el año pasado eché de menos, y que aunque aún necesita pulirse, tanto en continente como en contenido, se agradece como ese breve respiro entre dos escenas, entre dos escenarios que merecen ser separados por un fundido a negro, nunca mejor dicho. Al menos ya no hay cinta policial marcando el Don’t Cross, ese límite que separaba la provocación gratuita del gesto con sentido. No entraré en demasiados detalles, porque entiendo que el juego de luces negras y pinturas fluorescentes aún puede resultar sorprendente para algunos comensales. No es mi caso. Busco otra cosa. Busco más bar, más Fausto; algo que huela a tabaco, a sudor y a whisky barato, donde tenga cabida esa notable selección de chacinas y embutidos, o aquella sobresaliente anchoa del año pasado, la inolvidable “Embriaguez del Pichanchoa”, que todavía hoy resuena en mi memoria como un soliloquio entre el pecado y la redención.

Ahora sí. Acabada la fluorescencia, unas lámparas colgantes iluminan el hormigón visto y el mobiliario oscuro. La enorme sala respira como un garaje silencioso después de la tormenta. Y ahí, en medio de la penumbra, Cristian Palacio, a.k.a. Travis Bickle. La mirada fija, la cabeza rapada, el gesto serio. La energía contenida de quien camina de noche por una ciudad harto conocida. Su cocina es un manifiesto contra lo impostado, un grito ahogado que dice: no quiero ser como los demás. Curioso, pues quizás el Lunático de este año no sea tan radical ni tan agresivo como en temporadas anteriores; todo me resulta mucho más puro, más auténtico. Como si Cristian hubiese querido bajar la voz, pero no la intensidad.

Los fondos, los caldos, las reducciones… todo en Gente Rara suena a monólogo interior. Hay obsesión, hay recuerdo, hay ternura contenida. Hay caza, hay legumbres, hay infancia. Mientras lo observo trabajar, nos cruzamos una mirada y un saludo. Mientras habla parece estar pensando en las degradaciones enzimáticas, en el porqué de las longitudes de onda provocadas por ciertos ingredientes, como si su cabeza estuviera cocinando todo el rato. Aparece entonces su tartaleta de trucha del Cinca, un pequeño viaje del mundo dulce al salado atravesando el Parque Nacional de Ordesa. Técnica, elegancia y territorio. Tras ella, llegan tres bocados de caza, servidos como una secuencia de montaje: ningyōyaki de pichón, tartaleta de conejo y mooncake de jabalí. Curiosamente, van de más a menos, como si la intensidad descendiera a propósito. Casualidades o no, otra forma de seguir en otoño, concretamente en la Fiesta del Medio Otoño.

Aparece un chawanmushi, siempre complicado por su textura, pero aquí agradecido por el acompañamiento: una sopa minestrone que actúa como telón de fondo. Le falta, sin embargo, algo más de profundidad, ese trazo de oloroso que sirva de nexo ya no solo entre Japón e Italia, sino también entre ellos y nuestra tierra, ese territorio emocional donde Cristian siempre parece buscar refugio, y que en esta ocasión no conseguí encontrar. Nos reencontramos con viejos conocidos: la ostra en escabeche cítrico, un clásico que sigue funcionando como un susurro entre el vinagre y el mar; y el salmonete en cera de abeja, un bocado que sigue teniendo algo de ritual, de fuego que no arde, de quemadura controlada. Es un icono de la casa, y quizás por eso se mantiene intocable. Ambos sirven como antesala de lo que está por venir: los tres pesos pesados del menú, los platos que el año pasado faltaron y que, por suerte, vuelven a escena por partida triple. Aquí el ritmo cambia. Aquí es donde Cristian Travis se planta frente al espejo, se mira, se ríe, se enfada, se violenta consigo mismo…

La cámara se detiene, el plano se estrecha, el humo del fondo se vuelve más denso. Cristian abandona el cuchillo fino y vuelve a su terreno, mi terreno: la cuchara. El territorio donde se le nota más real, más humano, no tan loco, aunque yo en el fondo lo quiera cada año más fuera de sí. Más raro, rarísimo ¡Radical!

Gente Rara

Primero, lenteja caviar con hígado de rape. Potente, directa, sin filtro. No es apto para todos los públicos. Es la idea. Se lo hago saber. Me gusta. Un plato que se impone por presencia y sabor, y que solo el Imperial que decidió abrir Félix consigue equilibrar. Es de esos bocados que no se olvidan, como la escena del espejo: te mira, te reta, te obliga a responder. Después llegan unas alubias de Ascara con papada curada en alga kombu. El equilibrio entre el mundo vegetal y el marino, entre lo rudo y lo umami. Quizás le falte un punto de contundencia, ese disparo final que te deje sin palabras, pero la intención es buena. Y para cerrar la secuencia, un plato, inocente a simple vista, imprescindible al primer bocado: garbanzos con rabo de vaca vieja. Un puro “pegalabios”, de esos que no se olvidan. Colágeno concentrado, textura densa, sabor envolvente, pero con una elegancia que evita el exceso. Solo el “ caldo marroquí” que acompaña la leguminosa consigue limpiar la boca y bajar pulsaciones, como el cigarrillo que Travis enciende tras cada noche de furia. Una trilogía notable, que no solo reivindica la cuchara, sino también la memoria, y que se cierra con un final digno de una obra maestra.

Llegando a la parte final del menú, vuelvo a echar en falta algo de marisco. Lo entiendo, el precio del menú, irrisorio en mi opinión para lo completo que resulta, no deja margen para productos de ese calibre, pero no puedo evitar pensarlo. Una gamba roja, una cigala de cierto calibre, o incluso algo más modesto que te devuelva al mar. ¿Por qué no ofrecerlo como extra como hace Vandelvira? Un añadido, un capricho. Una vía de escape dentro del propio menú para el que quiere seguir gozando con la locura. Mientras digiero mis pensamientos, aparece el pase de mollejas, con cierta similitud a un maki de lechecillas. Luego, el rabito de cordero, fabuloso y exquisito. Jugoso y crujiente. La calabaza que lo acompaña no sobra, pero tampoco se hace imprescindible: un extra visual más que emocional, como el personaje secundario que cumple, pero no roba plano. Y para cerrar esta parte salada, el también conocido solomillo de ciervo, que este año me resulta más afinado. La combinación con trompetas y bordelesa le sienta de maravilla, pero se echa en falta una presentación más acorde al nivel del plato. Hablando de platos, cabe destacar la siempre vajilla, casi personalizada al cien por cien por artesanos de la zona.

Como siempre digo, este sería el clímax de cualquier menú gastronómico. Pero no. En Gente Rara, el punto álgido de la velada llega cuando Sofía empieza a pasear su carrito de quesos. Pequeño, coqueto, y sin embargo, nada que envidiar a los grandes desfiles lácticos de esos templos donde el cheese trolley es casi un símbolo de estatus (y, por supuesto, se cobra aparte). Aquí no. Aquí, es un regalo más. Otro gesto de generosidad de estos locos hijos de la pandemia, que cinco años después siguen manteniendo la misma humildad, la misma ilusión, y sobre todo, la misma capacidad de hacer las cosas a su manera, sin pedir permiso.

Este año volví a disfrutar de la presencia de Félix Artigas, sumiller del restaurante y por tanto, otra pieza clave para que el resultado de la ecuación resulte exitosa. Confieso haber echado en falta alguno de sus brebajes más curiosos, como aquel Terry Junior que logró rescatar, o mejor dicho, asaltar del mítico Queen Anne’s Revenge, disfrazado de pirata y con la sonrisa de quien sabe que ha cometido un pequeño delito por amor al vino. También alguna de esas comparativas suyas tan características: una misma uva, un mismo suelo, un año diferente. Pequeños experimentos que convierten cada servicio en una conversación abierta, una partida de ajedrez entre botella y paladar. Sea como sea, sobra decir que el triángulo formado por Cristian, Sofía y Félix es garantía total. Una especie de trinidad extraña pero perfecta, donde cada uno parece representar una cara distinta de la misma película.

La sala de Gente Rara nunca ha querido ser ese templo de líneas pulcras, de copas alineadas al milímetro y silencios que incomodan. Aquí todo parece diseñado para recordarte que estás dentro de una historia, no de una postal. Que esto no va de perfección, sino de verdad. El servicio, es joven pero con oficio. No hay sonrisas falsas ni guiones casi robotizados. Nadie parece actuar, y aun así, todo encaja, sobre todo una vez todos los comensales llegan a la parte principal del restaurante. Hasta entonces, insisto que hay desajustes que se deberían vigilar. Una coreografía sin pretensión que, de algún modo, termina resultando más elegante que cualquier protocolo de manual.

Y en ese contexto, lo de Jess ya es parte del guion. Esa escena que rompe la tensión y humaniza la historia. Porque sí, aquí puede ocurrir que Jess te quite la plaza de aparcamiento en la misma puerta del restaurante… y en tus narices. Y tú, lejos de enfadarte, acabas riendo, sabiendo que esa anécdota resume perfectamente lo que es Gente Rara: un lugar donde el desorden tiene alma, donde la imperfección es parte del encanto, y donde, por mucho que el motor ruja y la noche sea larga, siempre hay alguien al volante que sabe hacia dónde va. En Taxi Driver, Travis conduce su taxi como quien se adentra en la oscuridad para limpiar una ciudad corrupta. En Gente Rara, Cristian empuña su cuchillo con el mismo propósito: purificar la cocina de todo artificio, de todo lo falso, de todo lo “bonito” que no tiene alma. Porque en un mundo gastronómico donde todos sonríen para la cámara, aquí el cocinero se acerca, se apoya en la barra frente a ti, te mira a los ojos, te habla del barrio, de su pasado, del porqué de sus postres… y justo antes de partir te pregunta: “You talkin’ to me?”

Gente Rara 2024
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Gente Rara
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