
Calle de Ponzano, 59
Madrid
Tel. 626 869 855
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Un tango en Madrid
Un leve crujido de brasas. Ese primer aroma, intenso, envolvente, seco y dulce a la vez, no es sólo el preludio de una comida, es un lenguaje. El humo dibuja en el aire una línea directa entre las raíces gauchas y la elegancia contemporánea.








La parrilla, siempre visible, da la bienvenida al comensal. Es el escenario donde los facones y las pinzas actúan con la coreografía milimétrica del asador sabio. Podrías estar en una estancia de Tandil al atardecer, viendo cómo el fuego recibe con respeto a cada corte, como si cada bife llevara historia y no sólo grasa entreverada.








Aquí, como si de un quincho se tratara, conviven salón y comedor, y lo hace de una manera elegante, sofisticada, con cuchillos artesanos, manteles invisibles y una calidez por parte del servicio que se construye cual zamba bien cantada: suave, sin estridencias, que te pone la piel de gallina.

Una empanada de vacío que cruje como un bandoneón. Una croqueta de cordero lechal que se derrite como un suspiro tras una milonga. Las mollejas con, o sin caviar son un puente entre el lujo y el campo. Igual que esos chinchulines, ejemplo de como elevar lo mundano a lo casi espiritual, como si Carlos Gardel se hubiera encontrado con Ferran Adrià. Y de repente, tan suave y pujante como un verso de Cadícamo:
A ti, mi queridísimo tartar:
No quiero que camines a mi lado.
Quiero que bailes conmigo para siempre.








Llega la hora de la verdad, el motivo principal por el que venir a Lana, y por el que sí o sí recomiendo encarecidamente reservar siendo un mínimo de cuatro personas, de buen comer y de los que no vayan pidiendo las carnes como suelas de zapato o de sabores poco intensos. Cada pieza llega a la mesa como si viniera montada a caballo desde La Pampa: gruesa, oreadísima, tremendamente rugosa por fuera y temblorosamente roja por dentro. En la chuleta Selección Lana hay una épica silenciosa, como si en su interior se escucharan los ecos del viento que corre entre vacas pastando. Es una chuleta que no se sirve, se revela. Su textura es tan profunda como la voz de Goyeneche, y en su grasa vive algo más que sabor: vive tiempo, vive espera, esa de haber esperado más de 250 días para ser comprendida, como un cuerpo que ha vivido mucho, y aún ofrece placer, justo cuando parecía que el tiempo le iba a quitar todo.






En Lana todo respira argentinidad, hasta la bodega. Un monólogo de vinos directos desde Mendoza, Salta, San Juan y la Patagonia… tan argentinos como un mate compartido al borde del camino, pero servidos con la elegancia de un maître parisino tras el degüelle del mejor Borgoña. Y para terminar, ese último café, con letra de Cátulo Castillo y música de Héctor Stamponi.
En Lana no cenás, protagonizás un tango.




NOTA: Visitar Discarlux horas antes del homenaje, acentúa aún más si cabe el disfrute de este baile, de este tango en Madrid. Gracias Sergio
Lo mejor: El sabor de la carne te cambia la vida
Lo mejorable: No es sitio para ir solo o mal acompañado
Lo peor: Pedir que te pasen más la carne

Lana Restaurante
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