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Valencia
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A los problemas, soluciones
¡Menuda mañana! Pierdo las llaves, la gestora me llama para recordarme el trimestre del día 20 y el vecino de arriba se cree que cambiar una bañera por un plato de ducha es bricolaje. Ahora meo con un socavón en el techo.
Al final hice lo que habría hecho cualquier hijo de vecino: llamar a Sergio. Porque hay personas a las que llamas cuando necesitas un abogado, un mecánico o un electricista. Y luego está Sergio Mendoza, que sin ser ninguna de las tres cosas, probablemente sea más útil que las tres juntas. De paso, aproveché para volver a comer en su Observatorio, no sin antes disfrutar de una buena cerveza en su fantástica terraza, y la agradable sorpresa de volver a ver a Sini Melarosa.




Aunque las novedades en carta, o fuera de ella, son más bien nulas, siempre se agradece empezar con esos fantásticos boquerones y un tomate de la huerta de los que sí. De los que no necesitan nada, aunque, en este caso, y para justificar el plato, se acompaña de una ricotta a la que no acabo de pillarle el punto a esa textura granulosa. Las croquetas de pollo mantienen el nivel esperado, aunque, desgraciadamente, la croqueta vegana de seta shiitake me deja bastante indiferente, más aún cuando el “sombrerito” que la viste es exactamente igual que en la otra.
Tras ellas, una excelente yuca y un ceviche que poco o nada tiene que envidiar a los de los peruanos más auténticos de la ciudad. Acompañarlo con un pisco y un extra de ají amarillo casero es casi obligatorio. Como también lo es ese lomo saltado, quizás algo subido de soja, pero que se disfruta desde que el wok empieza a hacer mella en la muñeca del cocinero.








Mientras disfruto de la velada, observo a través de las cristaleras del restaurante y ahí está el bueno de Mendoza, dirigiendo el tráfico de la zona y poniendo un poco de orden entre los operarios que inundan Giorgeta. Todo ello mientras apura una chicha morada con una mano y, con la otra, apunta en un bloc de notas los diferentes puntos a tratar en la próxima junta de vecinos. ¡Acojonante lo de este hombre!
De vuelta a casa, y justo antes de sacar las llaves de repuesto, veo al portero haciéndome una señal desde la puerta de la calle.
– Toma, las llaves, me dice.
– ¡Coño!, respondo.
Y, casi sin tiempo para preguntarle dónde estaban, me suelta:
– Ah, y el «bujero» del techo ya lo tienes arreglado también.
Ojiplático y sin opción de decir nada, continúa:
– Me las ha dado esta misma tarde un tal Sergio Mendoza, cuando salía de tu casa cargado con sacos de cemento y restos de ladrillo…








Sonrío, mientras agito la cabeza como queriendo negar lo ocurrido y, justo antes de marcharme, le pregunto:
– Perdona, ¿sabes si ese tal Sergio te ha dicho algo sobre lo del trimestre del día 20?
– Ah, sí. Que de eso ya, te encargas tú.
¡Puto genio!, me digo para mis adentros.
Y es que eso es lo que tiene El Observatorio de Sergio Mendoza. Quizás eches en falta alguna que otra novedad cada vez que lo visitas, pero entre esa maravillosa terraza, un interior del que siempre ha sabido sacar petróleo y esa extraña capacidad para conseguir que, por malo que haya sido tu día, siempre termine mejor de lo que empezó, ¿qué más se puede pedir?
➕ Pequeño gran chaflán que vende felicidad
➖ Carta corta y con pocas novedades
✔ Empieza la tarde en la terraza. Acaba la noche en ella

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