Trattoria Piemontese (Valencia)

Calle Escalante, 191
Valencia
Tel. 677 253 623
www.trattoriapiemontese.es

Bueno, bonito y auténtico

En este rincón íntimo y sincero del barrio, comer es sinónimo de volver a lo esencial, a la familia, a la raíz… a entender esa Italia que huele a tomate, a albahaca y a ese guiso de la nonna que se cuela por una fachada verde del Cabanyal.

“¿Que passa amics?” ¿Sabéis cual es la diferencia entre el Cabanyal, el Canyamelar, Poblats Maritims y el Grao? Lo sé. Yo tampoco. Pero ahí es donde entra Patxi, AKA @valencia_viva_walks, maestro cartógrafo del barrio y culpable de arrastrarme (en el buen sentido) a esta Trattoria Piemontese. Es cierto que había tomado algún vinito furtivo en su interior, pero disfrutarla como toca, sentarme, pedir, comer, beber… ahora, solo espero volver más a menudo, como si fuera de la familia.

La Trattoria Piamontese está en una de esas calles del Cabanyal profundo, ese tramo menos cool del barrio donde las guías no miran, pero donde la vida sigue pasando. Un tramo del barrio que no presume, pero que sitios como Mengem, Xaruga y ahora este pequeño templo italiano han sabido dignificar con algo que nunca falla: lo que ocurre de puertas para dentro. Al frente, Valentina y Paolo, una pareja que ha decidido traer un pedazo de su Piamonte natal: esa Italia distinta, silenciosa, profunda. No es la Italia del litoral mediterráneo ni la de las trattorias bulliciosas del sur; es la Italia del ruido bajo, del guiso lento, del Barolo que se descorcha para contarnos su historia.

De allí vienen los agnolotti, los finísimos tajarin, la bagna cauda, los quesos con nombre y apellido, y ese perfume a trufa que aunque de momento no he encontrado, todo me hace pensar que es cuestión de tiempo, como también el mar. Y es que, pese a la pobre oferta piscívora del Piamonte, bajar desde esas colinas frías hasta el Cabanyal, barrio marinero por excelencia, me genera un pequeño conflicto interno: aquí, con el mar casi de fondo, uno echa de menos algo de pescado. Sí, quiero un buen brasato al Barolo, quiero esos guisos que te bajan las pulsaciones y te reconcilian con el mundo… pero viendo dónde estoy, y de lo que Valentina es capaz de hacer, ¿por qué no intentarlo?

Y de repente… entre las sombras, detrás de la terraza trasera, asoma un pelazo que corta el aire. “¿¿¿Es Sergio Dalma???”, me preguntan. Yo frunzo el ceño, entornando los ojos como si estuviera identificando a un sospechoso en una rueda de reconocimiento. Y entonces lo veo. Sonrío. Ahora lo entiendo todo. No es Sergio.

Es Fiordaliso, micrófono en mano y ganas de drama a flor de piel:
Yo no te pido una loooooonja
tan solo quieeeeero un pescaaaaado
Quiero ser ese guisaaado
que vibre muy dentro de tiiiiiii
Naaaaaahhh…

A veces el Cabanyal te regala estas escenas.

De los entrantes, la tabla mixta es de esas que hay que pedir sí o sí: por calidad y por variedad. Quizás el apartado de quesos no esté a la altura de lo ofrecido por Alessandro en Marghè, pero por lo demás, aprueba y con nota. Esa mortadela de hígado es mejor que muchos patés que se venden por ahí a precio de foie. Respecto a las pastas, poco que decir. Tan buenas como auténticas. Es aquí donde se nota la mano de la cocinera, el tiempo invertido en los fondos, la sensibilidad al combinar sabores y esa capacidad de sorprender. El ejemplo perfecto: unos gnocchi de patata con achicoria roja y avellanas que te descolocan lo justo para recordarte que el Piamonte no necesita gritar para hacerse escuchar. Para quienes quieran viajar a Turín sin hacer escala, echad un ojo a los tagliatelle con ragú de cordero, los agnolotti rellenos y, cómo no, esos ravioli del plin. Y, por supuesto, nada mejor que acompañar toda esta pasta casera con un vino a la altura, y ahí es donde entra Paolo. Déjate llevar. Él manda. No trabaja con grandes casas, al menos de momento, pero sí con pequeños productores que tienen más cosas que decir que muchas grandes bodegas.

Reconozco que cada vez que escucho la palabra Trattoria se me eriza la piel. Primero, por lo prostituido del término: hoy cualquiera con cuatro manteles de cuadros y una carbonara con nata se autoproclama heredero de la nonna. Segundo, porque inevitablemente me transporta a Carlo y su Trattoria, y ahí ya sabes que la memoria juega sus propias cartas (snif snif). Por suerte, creo poder afirmar que esta trattoria tiene nombres y apellidos propios. Los de Paolo y Valentina.

Recorrer el Piamonte junto a Paolo y Valentina
Se echa en falta algo de mar

Un tavolo, un Barolo… y una pasta (la que sea)

Trattoria Piemontese
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