Voro (Canyamel)

Urb. Atalaya de Canyamel, Vial A2
Canyamel, Mallorca
Tel. 871 811 350
www.vororestaurant.com

Eudaimonía

¿Qué es la belleza?

La belleza, entendida desde la filosofía, siempre ha sido un término en disputa, un espejo en el que cada época se ha mirado para reconocerse. Con el paso del tiempo, la estética kantiana introdujo la noción de que la belleza no reside en los objetos como tal, sino en la manera en que nuestra mente los contempla: el juicio estético está totalmente libre de interés, como un placer desinteresado que no busca utilidad, sino pura contemplación.

Más allá de las teorías, la belleza se mueve entre lo subjetivo y lo universal. Puede ser armonía o ruptura, serenidad o desgarro, clasicismo o rebeldía. Lo bello a veces nos calma, otras nos inquieta; a veces lo hallamos en un rostro, otras en una ruina, en un atardecer o incluso en la crudeza de lo imperfecto. Quizás la belleza, más que una definición cerrada, sea un punto de encuentro: un instante en el que todo cambia, donde se detiene el tiempo y en el que tu cuerpo reacciona.

Gastronómicamente hablando, la belleza no se limita al emplatado o al cromatismo de un plato. Es algo más profundo, ese equilibrio entre sabor, forma y emoción. Platón diría que lo bello en cocina no está solo en la apariencia de un plato, sino en la idea que lo sostiene: la pureza de un producto, el respeto a su origen, y la búsqueda de una esencia que nos conmueva. Aristóteles, por su parte, vería la belleza gastronómica en la armonía de sabores, en esa proporción justa, en la que lo ácido no se come a lo dulce, o en que la grasa acaricia sin saturar, y donde la técnica es un medio y nunca un fin. Kant lo explicaría como un gozo totalmente altruista: ese momento en el que pruebas un bocado y, por un instante, no importa el precio, la sala, ni siquiera quién lo ha cocinado. Solo existe el placer puro, la contemplación de lo que es bello porque emociona sin pedir nada a cambio. Y Hegel quizás vería en la alta cocina el arte más humano: un lenguaje sensible que revela el espíritu de un pueblo (Mallorca), la identidad de un territorio (Andalucía) o el pensamiento de un creador (Álvaro Salazar) que, con sus platos, dialoga con la eternidad.

Al final, la belleza en gastronomía no se queda solo en un plato bien presentado, sino en el instante en que todo encaja: la textura que sorprende, el aroma que despierta un recuerdo, la emoción compartida en la mesa, esa persona que te acompaña, el equipo que te rodea… Un destello breve en el que lo sensible y lo espiritual se encuentran en algo tan cotidiano, y tan trascendente, como comer. Como comer en VORO.

En Voro, la belleza no se entiende como un adorno, sino como una verdad que se revela plato a plato, en cada una de esas pequeñas obras de arte que llega a la mesa. Aquí no hay artificio gratuito ni fuegos artificiales, sino una búsqueda de lo esencial, de esa armonía invisible que hace que lo que probamos vaya más allá de lo puramente gustativo.

La cocina de Álvaro Salazar parece dialogar con Platón: cada plato es una idea de belleza encarnada en el producto mallorquín (bogavante), un reflejo del Mediterráneo abrazado a su raíz andaluza (ensalada marina) y elevado a su forma más pura. Pero también hay mucho de Aristóteles en esa precisión técnica, en la medida exacta que equilibra intensidad y sutileza (almendra y caviar), mar y tierra (ravioli), presente y memoria (las gachas). Cuando un bocado se posa en la boca, se cumple la intuición de Kant: el gozo estético desinteresado, ese instante en el que la mente no busca utilidad, y la piel, tu piel, erizada a mas no poder, se rinde ante la emoción (helado y caviar). Y en conjunto, el menú de Voro parece escrito bajo el signo de Hegel, como si fuera la expresión sensible de un espíritu que trasciende lo individual y que convierte la mesa en un lugar de pensamiento y revelación.

En la sala de Voro, la belleza no se muestra de manera evidente ni se grita con estridencias; se susurra. Está en el recibimiento de Rodolfo, en la cadencia de los movimientos por parte de Tomeu, o en la sonrisa siempre presente de Gonzalo. Pero también en la manera en que los gestos de Adrián se convierten en lenguaje y en cómo cada detalle parece responder a una coreografía invisible. Esa belleza no reside en un gesto aislado, sino en la idea de hospitalidad que todo lo envuelve. De principio a fin, desde que entras con el atardecer a tu espalda hasta que, bien entrada la madrugada, te despides de cada uno de los miembros del equipo. Es la proporción áurea, el equilibrio entre cercanía y distancia, entre la palabra justa y el silencio oportuno. La perfección que produce una sala donde nada sobra ni falta, y donde el comensal, sin darse cuenta, entra en un estado de contemplación, el famoso síndrome de Stendhal desencadenado por una sobreestimulación de belleza.

En Voro, la sala es un espejo de la cocina, pero también una prolongación de ella. Lo bello se manifiesta en la serenidad con la que Carles te narra y te sirve un vino, en la discreción con la que se retira un plato, en la sensación de estar cuidado sin sentirse observado. Es una belleza que no pretende deslumbrarte, sino acompañar, elevar la experiencia sin robarle protagonismo al excelente menú, porque sabe que la verdadera grandeza está en la suma armónica de todos los elementos, y aquí esa suma da como resultado la perfección absoluta.

En definitiva, Voro, en el fondo no es más que un recordatorio de que la belleza gastronómica no se agota en la estética del plato ni en la técnica brillante. Está en la forma en que nos toca, en cómo despierta recuerdos dormidos o nos regala silencios nuevos. Allí, en Cap Vermell, la belleza se sirve en cada pase como un encuentro efímero entre lo humano y lo eterno. Es la eudaimonía. Es el sitio. Es mi sitio. Es VORO.

Y para ti, ¿qué es la belleza?

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