VORO (Canyamel)

Urb. Atalaya de Canyamel, Vial A2
Canyamel, Mallorca
Tel. 871 811 350
www.vororestaurant.com

¿Será esto la felicidad?

Álvaro, Adrián, Andreu, Angela, Ariana, Carles, Carlos, Carol, David, Enrique, Fernando, Gonzalo, Javier, María, Marta, Miquel, Robert, Rodolfo, Rosa, Sara, Sela, Sofía, Stefania, Stefano.

Empieza igual, con esa ligereza engañosa de todos los veranos: noches largas, piel salada, copas que se alargan más de la cuenta. Te dices que es temporal, que es el calor, que es el contexto. Que en septiembre todo volverá a su sitio. Pero hay algo que no termina de encajar en ese guion tan cómodo. Porque ya no es solo deseo. Es rutina. Es ansiar querer hacerte la misma foto en la puerta, segundos antes de ver a Rodolfo a lo lejos y acelerar el paso para abrazarlo. Es saludar a Gonzalo y Adrián y ser acompañado a la mesa, la misma mesa, y buscar la misma conversación que siempre acaba alargándose más de lo previsto. Es descubrir que no solo te gusta lo que hace, sino también cómo piensa cuando nadie lo está mirando. Y ahí ya estás perdido.

Es entonces cuando el calendario deja de ser una cuenta atrás para convertirse en una amenaza. Te recuerda que ha llegado el día. Toca madrugar, y mucho, comprobar varias veces que todas las alarmas están activadas y salir hacia ese vuelo que jamás querrías perder. Apenas son 355 kilómetros los que nos separan, una distancia que sobre el papel parece insignificante, pero que a veces se siente como un océano. Porque, seamos sinceros, ¿a quién se le ocurrió poner todo un Mediterráneo entre nosotros?

Es un tipo de romance que no estalla. Se cocina a fuego lento. El nuestro comenzó hace ya cinco años. Se coló bajo la piel sin hacer ruido hasta que, casi sin darme cuenta, empezó a ocupar un lugar inesperado. Un lugar en el que nunca nadie había estado. Ni el propio Ricard Camarena, cocinero al que admiro y con el que comenzó mi idilio gastronómico, o incluso el mismísimo Bittor y su Asador Etxebarri, mi templo por excelencia hoy y siempre, aunque me jurara no volver… Lo de VORO en general, y Álvaro en particular es diferente.

Es entonces cuando un día cualquiera te descubres echándolo de menos en mitad de algo importante. Otro, planificando el calendario mucho más allá de agosto, buscando que día y a qué hora tendrá lugar su visita. Y entonces entiendes que ya no controlas nada. Porque lo fácil de un romance de verano es que hubiera nacido con fecha de caducidad. Lo difícil llega cuando alguien decide quedarse. O, peor aún, cuando eres tú quien empieza a desear que nunca se vaya. Ahí deja de ser un juego. Ahí empieza a importar de verdad. Y es entonces cuando lo entiendes: lo nuestro, nunca fue un romance de verano. Fue un flechazo del que jamás he querido escapar.

Ir a VORO es sinónimo de un viaje que trasciende el plato. Una cocina que se convierte en un relato que no necesita traducción, donde cada pase tiene un propósito y cada maridaje encuentra su lugar. La propuesta de Álvaro parte de un Mediterráneo profundamente arraigado, pero del que nunca se conforma: mira de frente a su Andalucía natal, incorpora recuerdos, paisaje y producto, y los viste con una técnica tan precisa que da vértigo. El resultado es una cocina de enorme sensibilidad, donde el mar y la tierra conversan con naturalidad, sin estridencias, dejando que el sabor sea siempre el protagonista. Porque, puedo prometer y prometo, que no conozco restaurante alguno donde la belleza nunca sea un fin en sí mismo, sino la antesala de un sabor que siempre está a la misma altura.

Voro

Veinticinco bocados que son absolutas obras de arte en el que ninguno baja del sobresaliente. HervíVORO, PiscíVORO y CarníVORO son la secuencia de snacks más espectacular que conozco. Ni el inicio de El Celler de Can Roca 2018 o 2022 (dos años pletóricos) o los preliminares de Azurmendi en el 2019 han conseguido igualar una secuencia de once snacks de bocado tan técnica en fondo y forma, como bonita y sabrosa en todos los sentidos. Sobra decir que este nivel no solo se mantiene en los platos principales, sino que por momentos llegan a elevar la experiencia hasta un nivel casi inexplicable. Su Almendra y Caviar o su Mariscos al Palo Cortado (uno de los platos de mi vida) son ejemplos perfectos de hasta donde puede llegar el concepto belleza. Ambos platos, como si la propia diosa Afrodita lo hubiera querido, los entrelaza en el Zénit de la velada, justo en ese momento en el que empieza a ponerse el sol, las cortinas se abren y la luz del restaurante parece cambiar. Son dos platos, que junto al maridaje de Carles elevan el bocado a un nivel inefable. El bocado frio de sarmiento, junto a un sorbo de P2 2008, y Amontillado es la guinda a un trio perfectíVORO en todos los aspectos.

Tras ello, y lejos de llegar el descenso, VORO (todo él) se permite algo todavía más difícil: sostenerlo. Lo hace con un bogavante y huevos rotos que juega a disfrazar de alta cocina uno de esos placeres que pertenecen a la memoria colectiva. Técnica sin igual, pero con esa sensación maravillosa de estar comiendo algo mucho más cercano de lo que aparenta. Algo parecido ocurre con el salmonete o el ravioli, plato que año tras año parece estar todavía más fino. Son pases precisos, profundos y ejecutados con una limpieza extraordinaria. Aparecen cuando la noche ya ha ganado definitivamente la batalla al día, y empiezas a asumir que esto se acaba. Porque esa es quizá la única parte que nunca me ha gustado de VORO: que llega un momento en el que empiezas a contar los pases que quedan. Y vuelves a mirar el reloj. No porque quieras marcharte, sino precisamente porque sabes que tendrás que hacerlo.

Voro

Los postres ponen el punto dulce a veinticinco bocados en los que resulta difícil encontrar una fisura. Pero para entonces hace tiempo que he dejado de pensar únicamente en lo que estoy comiendo. Miro alrededor. La sala. La cocina. Las copas. Carles acercándose una vez más con una botella. Rodolfo pasando por la mesa. Álvaro, siempre presente en cocina. Las mismas caras que hace unas horas convertían la llegada en un reencuentro y que ahora empiezan a convertir la despedida en esa putada inevitable de todos los años.

Y quizá ahí esté la verdadera grandeza de VORO. Porque estas dos tres estrellas Michelin pueden explicar muchas cosas. La técnica puede explicar otras tantas. Los platos, los vinos, el producto, el servicio o la belleza casi obscena de algunas elaboraciones ayudan a entender por qué este restaurante juega en semejante liga. Pero ninguna de ellas explica del todo por qué necesito volver.

Eso lo explican las personas.

Álvaro, Adrián, Andreu, Angela, Ariana, Carles, Carlos, Carol, David, Enrique, Fernando, Gonzalo, Javier, María, Marta, Miquel, Robert, Rodolfo, Rosa, Sara, Sela, Sofía, Stefania y Stefano.

Ahora sí entendéis por qué esta historia empezaba con ellos. Porque durante años pensé que uno volvía a los grandes restaurantes para reencontrarse con determinados platos. Después entendí que no. Que llega un momento en el que los platos cambian, los menús terminan, las botellas se vacían y hasta los recuerdos de algunos sabores empiezan inevitablemente a desdibujarse. Lo que permanece son las personas que consiguieron que aquel lugar significara algo para ti.

Han pasado cinco años desde aquel primer flechazo y sigo recorriendo esos malditos kilómetros con la misma ilusión. Sigo queriendo hacerme la foto en la puerta. Sigo acelerando el paso cuando veo a Rodolfo a lo lejos. Sigo queriendo sentarme en la misma mesa. Y sigo odiando un poco más el Mediterráneo cada vez que toca volver a casa. Supongo que al final era eso.

Los romances de verano están hechos para recordarlos cuando terminan. Los grandes amores, para encontrar cualquier excusa que te permita volver. Y yo, con VORO, hace mucho tiempo que dejé de necesitar excusas. ¿Volvemos? Volvamos.

➕ VORO

Voro 2025
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Voro 2022

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